Alcancía de sordidez

     No creo que importe lo grande que la tengo ni el sabor de su estado placentero. Hoy quiero pensar que aquella esperanza que guardo y acumulo con una dificultad terrible en las alforjas que la vida me brinda, será devuelta de golpe, atiborrando mi placebo constatemente mentido y ahorcando al resto por siempre sus envidias para catapultar el éxtasis que la vida me debe. No deseo mentir para lograrlo pues nunca lo hice, sólo me presto a que venga decidida y aplaste mi conocimiento para incluir caricias en mi soledad, tertulia en mi baño y franquedad en mi locura.
 
     Empecé tiempo atrás a querer añadir sordidez a mi vida pero en caso extraño lo conseguí mas diría que nunca, en mis oídos soldados, apretados, siempre consumiendo injurias sobre lo que a veces querían hacer, aunque a pocos rectos lo atribuían a sus vidas, la mía por supuesto no.
 
     Un soplo en el corazón. Calzonas de vieja escuela. Y zapatos que acaban en el cementerio de zapatos. Un lujo que pocas alcancías pueden salpicar de haber tenido en su interior, la mía ataviada con un inmenso cinto que exponía su felicidad jamás compuesta en otra vista por ella. La perspectiva era lo que mareaba.
 
     Sentía hace pocos días una corazonada, como yo no existe nadie, soy feliz, inmensamente grande y repleto, aún virgen y astuto – así se expresaba mi hurtadineros cada vez que mi mano intentaba romper su apretada estructura para con el placer visto.
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