Ni por un millón de besos como aquél

     Me atrevería yo a cederte ni una pizca de humanidad, de mis labios de mis risas, ni demás. Compartiendo las victorias y una ilusión, a mi lado careciste de penas y saliendo a ganar, saltabas sobre la inocencia. Y a volar. Como si fuera un estomago de fuego, me tiraste dardos a mi paladar como si yo fuera un muñeco de vudú que pasaba del dolor sonriente como tú, aplastado por tus ganas de matar.
 
    Afirmaba mi noble corazón los distintos tropiezos que me di, cuando el cielo era azul y la alegría era tal, pues estaba yo cavando mi propia inhumación a pesar de mi incredulidad. Me soplaban vientos que aspiraban el mar, con su sal incrustada en mi dolor, no volvería yo a tenerte ni por un millón de besos como aquél.
 
    La carcasa de mi alma enfurecida expuesta como trofeo en tu altar. Conquistado como una tierra valdía, aplastado por un viejo huracán que corría más allá de lo que podía esperar e impartía venganza al azar. Ofuscado cuando te compartía que era siempre que la vida era vida, y el tiempo no paraba más que para ver tus ojos color cielo y tu mirada caída del infierno.
 
     Pero yo aprendí a aprovechar, entendí cual era mi rol, entonces disfrute de ti hasta el día a que Dios pedí perdón por hacerte cosas que yo, no le haría a una persona normal. Comprendí que yo empecé a controlar la relación que iba a acabar, pues a ti no te importó jamás.
 
    Y es que ni por un millón de besos como aquél…
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