Empezaré por impulsarme a mí mismo

    Por no apretar el gatillo y ver teñido de rojo mis ojos saltones. Intenté como último recurso darme un impulso a mí mismo, soportaba a diario la losa que me hundía en los más profundo del ser humano. Aquello debía ser decisivo, un fallo provocaría una perdida irreparable (para mí, claro).
 
   Si yo no importo jamás pues la vida me muestra, dura, la posición que ocupo en su lugar, inadvertido. Siempre pienso que nací para dar cariño y nunca recibir. El lastre que soporto se conecta con el fin, moribundo. Me comparé con la muñeca de trapo, yo era el niño y los demás la muñeca. Yo la abrazaba y la quería, esparcía continuamente mi amor sobre ella, directamente de mi corazón a sus ojos. Luego la sacudía violentamente esperando respuesta pero su mirada era fría, dirigida y petrificada. Nunca me ofrecía calor. Salvo el de su existencia.
 
   Mi amigo de Memphis, el de Brixton y como no, ese de Zaragoza. Compartieron conmigo sus inquietudes y que llegaron a solapar tan perfectamente con las mías, que la música que podían salir de us composiciones no significaba nada.
 
   Tengo una prueba de fuego. Si yo no me ofrezco el impulso, ¿a quién se lo iba pedir? o mejor aún. ¿Quién me lo iba a ofrecer?.
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