La envidia del resto; el prejuicio de otro


   Y ahora sé que encontrarás por ahí a otros mejores. No sé si irme de aquí dónde el complot se ha creado o permanecer impasible ante las fuertes caricias de tu ira. Ahora sé que tu prejuicio es envidia del resto. Y eso me gusta, pues sé que no tienes sentimientos que te guías por impulsos y fracasas cada vez que intentas sorprenderme. Tengo una razón para no cambiar mi pensamiento. Antes eras puta, ahora sólo te arrodillas. Un intento de suicidio y un placer mandarte vida.

  Qué espíritu más austero fue el que te llevó a ofuscarte y contemplarme con arduo sentimiento. Dónde quedó maldita tu mirada hermosa a cambio de la rabia de la desdicha que te crearon. Cómo tu sonrisa generó odio por el camino dónde pisaba y dónde quedó aquel abrazo que tanto necesitaba. Una caricia honda que al verte mi cuerpo me ofrecía, por contra ahora me escupe el alma.

  Ahora sé que el provecho era tu mira, que solo tienes fe en tu interés. Y compras con tu cuerpo para afrontar estos días. Una triste sonrisa para el prejuicio de otros, que se convirtió en envidia tuya.

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Aspiro el Universo


       En cada palabra, que leo de tu boca. Abandono mi pobre realidad para adentrarme
en el más bello de los sueños imaginados. Revoco las lágrimas que a menudo se
arietan. Comparto con mi espíritu la canción más inolvidable y suicido mis más oscuros pensamientos.

     En cada miraba, que admiro de tus ojos. Retraigo mis pesadillas de abruptos terrenos. Abstraigo lo que ya no me importa, de una manera digna. Enarbolo mis ideas con una alegría indómita. Paseo mis pies como si por el aire caminasen.

     En cada latido, que emana de tu pecho. Encojo mi locura y grito sobre el tiempo. Satisfago la herida que renace en mi elocuencia. Lanzo a la nada los suspiros desmedidos y cazo con destreza los tratos con el destino.

     Y….

     Si tú me amas. ¡Aspiro el Universo!

La más profunda miseria…


 …del más profundo abismo.

  Se movía voluptuosamente en el fondo como removida por una fuerza exacerbada. Que me ponía la piel de gallina y los bellos como escarpias, azotado el hueco con tremendos estruendos, cuando rozaba la alargada, esbelta y metálica pieza sobre el óbice de la falla.

  Allí oculto, enterrado, sobre aquellas miserias movedizas tan hondas esperaba un atisbo de rescate. Sabiendo que era imposible que llegara, puesto que nadie sabía que allí estaba. Me podrían ver, pero no lo notarían. Entonces me planteé todas las preguntas posibles: ¿qué hacia yo allí?, ¿cómo había llegado a aquella situación?, ¿alguien me traicionó?, ¿cómo hacer fuerza para salir de dónde no hay escapatoria?, ¿hacia dónde, arriba o abajo?, ¿sigo respirando?, ¿quién agitaba la pieza de metal tan fuertemente?, ¿cómo le digo que pare?, ¿cómo supe que aquello era miseria?, ¿y que estaba tan profunda?, ¿dónde están los demás?, ¿como salieron de allí?, ¿rendirse o abdicar?, ¿escupir en la miseria?, ¿cómo me diferenciaba?.

  Seguía nadando de este a oeste, de norte a sur, siempre en el mismo plano para no ahogarme. Tardé bastante tiempo en digerir aquello, era una prueba que la vida me había planteado justo alrededor de mi ser, de mi sentir, de mi experiencia. ¡No me ahogaría!, cuando me rendí y caí hacia abajo de forma flexible y lacia creyendo que el fin de mis penas acabaría hoy, ¡no me ahogué!. Seguí cayendo, y cayendo sin fuerzas. Existía algo debajo de todo aquello, una capa inferior, un sustrato diferente. La miseria no te roba el aire, estaba equivocado. Solo te roba la alegría, la felicidad, los sentimientos lindos, pero no el aire. Así fue como me dejé caer, flotando en la miseria, sin hacerle el más mínimo caso, con los ojos cerrados y faz sonriente. Aparecí cuándo menos lo esperaba en un mundo de fantasía guiado por mí, por el destino, y por tu sonrisa, tus ojos, tus gestos, caricias, abrazos, tu vientre de seda.

   Nadie removía nada, todo era perfecto, solos tú y yo. ¡Y la felicidad!.
  

Versos caricias


Un aluvión de imposibles esperanzas
asomado a una terraza de bellos e infinitos lindes
mi pasión abordada por conocer el cielo.
Cuando me di cuenta que observaba tus ojos
y tu rostro sacado del más bello anhelo.

                                                                Para Sonia.

Siempre supe dónde estaba el final


    Sé que esto ya no podrá para por mí. Es una situación de rebeldía desmedida contra un bello gesto hacia tu vida. Incontrolable tu rabia y tu envidia, emanabas egoísmo infinito. Yo padecía el síndrome del enfermo doliente, cabizbajo y tolerante que había asumido una costumbre imperfecta para que tu felicidad fuera completa. Yo ayudaba para no recibir ayuda, entregaba mi futuro para recibir embustes y cicatrizaba sobre heridas para volver a abrirlas. ¿Y qué me importaba?, pues para mí, mi vida.

   Encontraba en cada entrega, un rechazo. Vaticinaban lo que yo sabía desde tiempo atrás pero me resistía a terminarlo. Hay vidas que huelen a menta y canela; otras que apestan hasta al que las lleva. Suponía un cambio inalcanzable como la luna llena, como me resultaba un abrazo inalcanzable. Se reía de mí pícara mala suerte, se mofaba de mi amistad y se retorcía cuando a ella le tocaba sufrir, pero disfrutaba si se daba en mí persona.

   Lo de Troya era una trampa, qué no imaginé en la actualidad. Yo lo daba todo, mis ojos, mis lágrimas, mi cariño, mi bonanza, todo lo que arriesgué lo perdí dónde creía apuesta segura. Aposté por amistad. Y perdí.

  Creo que uno siempre sabe dónde está el final.