Siempre supe dónde estaba el final

    Sé que esto ya no podrá para por mí. Es una situación de rebeldía desmedida contra un bello gesto hacia tu vida. Incontrolable tu rabia y tu envidia, emanabas egoísmo infinito. Yo padecía el síndrome del enfermo doliente, cabizbajo y tolerante que había asumido una costumbre imperfecta para que tu felicidad fuera completa. Yo ayudaba para no recibir ayuda, entregaba mi futuro para recibir embustes y cicatrizaba sobre heridas para volver a abrirlas. ¿Y qué me importaba?, pues para mí, mi vida.

   Encontraba en cada entrega, un rechazo. Vaticinaban lo que yo sabía desde tiempo atrás pero me resistía a terminarlo. Hay vidas que huelen a menta y canela; otras que apestan hasta al que las lleva. Suponía un cambio inalcanzable como la luna llena, como me resultaba un abrazo inalcanzable. Se reía de mí pícara mala suerte, se mofaba de mi amistad y se retorcía cuando a ella le tocaba sufrir, pero disfrutaba si se daba en mí persona.

   Lo de Troya era una trampa, qué no imaginé en la actualidad. Yo lo daba todo, mis ojos, mis lágrimas, mi cariño, mi bonanza, todo lo que arriesgué lo perdí dónde creía apuesta segura. Aposté por amistad. Y perdí.

  Creo que uno siempre sabe dónde está el final.

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