El mundo gira sobre la órbita elíptica de tu centro


Contraindicaciones, son las que pasan desapercibidas por los que no se entretienen en leer. Yo hoy, os cuento una historia magnífica que una vez un amigo, amigo de la épica, sucumbió ante su gran narración:
 
Dos pequeñas flores tuvieron la suerte o la desgracia, de conquistar un trozo de tierra cercano, la una de la otra. Allí cayeron sus semillas al azar, codo con codo, en el inmenso espacio de la llanura. Fueron creciendo, y aferrándose a una tierra tan fértil como la vida misma, al igual que generaban vida cuando eran miradas por las personas desde su atalaya.
 
Con el paso de los días y mientras iban formándose con su estructura de tallo y flor, un pájaro planeaba sobre ellas, y por primera vez pudo decir, – "Pio, pio". Qué traducido al castellano, no era más que decir, "ambos, son bonitos girasoles".
 
Permanecían clavados en el mismo punto del que brotaron estocaicamente, sus raíces desconocen de dónde se alimentan.
 
Y ya conocen los girasoles ustedes, tienen una característica fundamental, siempre miran hacia el sol, y además sus pétalos (su corona de espinas) rodea hábilmente su "cabeza" para impedir la videncia a más de 180º de visión. 
 
Curiosamente estas dos plantas, conocían la existencia la una de la otra y viceversa, puesto que al trascurrir un día completo se habían visto las espaldas dos veces cada una, y por ello mantenían largas charlas al sol, mientras giraban y giraban. Eso eran  formas de conversar "cara a espalda", la una con la otra, cómo si de una falta de educación se tratara. Pero aquello no les hizo perder la ilusión para que algún día, pudieran hacerlo cara a cara. Y el tiempo fue pasando, mientras sus bellos pétalos absorbían los rayos solares a pocos centímetros de distancia, se sentían su calor cercano. Una noche y ahora, a la luz de la luna, una de ellas, le declaró el amor a la otra, un amor imposible ya que era necesario romper las leyes de la física y la naturaleza para que aquellas flores pudieran mirarse.
 
Seguían compartiendo días y bonitas conversaciones de qué y cómo sería el momento en el que pudieran mirarse a los ojos, pero sabían de lo implacable de las leyes frías de la naturaleza, aquello nunca iba a suceder. Por ello, una de ellas, todas las noches perdía un pétalo, que asemejaba a una lágrima derramada por la pena que dentro sentía.
 
Era tanto el amor que sentían, que ambas decidieron que debían mirarse al menos una vez en la vida. 
 
Una madrugada concretaron su dicha, y tras los primeros atisbos del potente sol, una de las plantas no le obedeció, rompió la ley de la naturaleza. Gracias a la fuerza de su amor con pleno conocimiento de que aquella desobediencia le llevaría al óbito, y mientras la tierra continuaba su movimiento, el girasol permanecía impasible. Mientras, el otro girasol, giraba buscando a su opuesto corazón (en el mismo sentido del sol), mientras el primero caía secándose en lacio movimiento mientras intentaba resistir cabeza arriba para esperar el momento que su opuesta flor le mírase en su habitual moviento solar.
 
Aquello ocurrió, por fin al final del día, pudieron mirarse, aunque la flor que rompió la ley de la naturaleza, ya  gacha y tumbada en la tierra miraba, con ojos llorosos y vacía de pétalos, al momento más especial de su larga vida. Ya eran felices, pero más aún cuándo la segunda y al caer la noche, decidió parar su reloj al igual que la anterior, para al marchitarse, caer frente a su querida flor y fundirse en un beso caluroso. Antes, de ambas morir.
 
Así permanecieron enfrentadas, una a otra, por los siglos venideros. Mostrándonos la fuerza del amor.
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Mi vista, subjetiva. Mi mente, objetiva.


    Con el trascurso de un intenso ciclo de mi vida, las constantes vitales de mi corazón ya no golpean con la fuerza y la virtud de los años importantes. Considerando en buena medida que las ilusiones más potentes que he vivido, aún no las he saboreado con el orgullo de sujetar un clavel rosado en la boca y guardado en el pequeño bolsillo de mi corazón.
 
    Hoy tengo ganas de querer. ¡Tanto, tanto!, que se me desborda la fuerza por cada poro de mi piel, por cada lágrima de mis ojos, y por cada centímetro de mi alma sin medida. Espero darle salida a este hermoso sentimiento, que hoy me invade más que nunca. Siempre entendí que el amor es cosa de dos, y hoy sé que no. El amor está concebido para su perfecta ejecución en la pareja, no importando sexo, especies o razas. Pero hoy sé que el amor se puede sentir en la absoluta soledad, sin nadie a quién entregárselo ni tampoco dominar. Éste creo que es el amor ideal.
 
    Mi vista, subjetiva. Mas deberíais reprocharme lo contrario con un impulso recto y voz palmada sobre la mesa de la razón. Y mente objetiva, comienza a dar vacileos de migraña al más completo admirador de la cordura.
 
    Aún hoy día creo en estas dos locuras; mi mente literal y mi vista subyugada.