¡Nieva!


Nunca ha dejado de nevar.

Hoy es Navidad. Esa época tan bonita donde los sentimientos afloran y las sensaciones llegan simplemente por oler la luz de las bombillas, los churros en la plaza del pueblo, las castañas… a los belenes.

Cuando la gente reparte abrazos fríos de calor humano.

Oye la paz, los ruidos del silencio en una boca angelical que armoniza los sonidos de un villancico en la esquina de la iglesia. Paz.

Caminando del brazo de la anciana vida que congela las vísperas de mi tristeza, tregua de diciembre que me permite el tiempo, para dedicar mi sazón a las cálidas ascuas de un enfermo de palidez.

Observo el ojo humano en estas fechas más que en cualquier otra y veo que nieva. Nieva en mi corazón.

Siempre.

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No quiero volver a los 19


Cuántas veces habré escuchado la disyuntiva,  ¿me gustaría volver atrás…o quizás no?.  Me encanta como soy ahora, pero lo bien que transcurrieron los años y lo feliz que fui siendo adolescente o incluso más atrás en el tiempo, entre arrumacos y regazos.

La solución es simple, al menos por mi parte.

¡No quiero volver atrás!. No quiero volver a tener más neuronas solapadas donde el espacio eléctrico era minúsculo. Tampoco quiero ver el mundo desde la mirada de la simpleza de la filosofía naturalista, o vegetariana diría yo. Por más momentos que quiero recordar no me gustaría volver a vivir experiencias nuevas y sublimes, de trabajar dignamente para sacar mis cosas adelante y mucho menos querría volver al pasado, a mis 19 años, para intentar cambiar el mundo y abordar ideas que ahora ni se me pasan por la cabeza. De hecho, no quisiera volver en la máquina del tiempo a mundos cognitivos de esperanzas, a cantares de mi alma desdichados y meticulosos. Ni en gran medida para comprender la esencia de las cosas, la simpleza de lo cierto, y lo que más miedo me dio de aquella época, el conocer las verdades del mundo irreal (llamado así justamente por ser real).

Prefiero estar aquí aplastado escribiendo sobre aquella edad, de la que no me gustaría volver a oler sus recuerdos, de hecho los repudio, los condeno. Porque fueron los momentos en los que pude sentir la vida dentro de mí, innata e intacta. Recordarlo es para mí, un símbolo de impotencia, pasados varios años. No quiero volver atrás. No quiero saber que fui y ya no soy. Hoy, un pobre infeliz por siempre les habla, supongo que el recuerdo no se borra por imperativo de mi mente. Y peor aún, mañana, ni siquiera sabré decirle que pierdo felicidad por todo aquello que dejé atrás.