No tomes y sueltes mi mano


Hubo un día en el jardín de los humanos, una historia curiosa y realizada, que servía de ejemplo para los demás y de enseñanza para uno mismo.

Dos personas que se conocieron azarosamente, un día en aquel lugar de concurridos planes, empezaron a mirarse y ejecutarse frases directas al corazón, tan que en pocos días, se agarraron la mano para ir caminando y mirándose… se besaban, las caricias y los besos eran su saber estar. Promocionando el dulce beso, el beso que sale porque sí, el beso en la mejilla, el abrazo en amplia sonrisa y la noche, detrás, corría de su parte.

Gran luna, gran momento de luna, fueron pocas lunas las que llevaron a sus espaldas. Pero ¿por qué no más? ¿Por qué ella le soltó su mano?. Descubrió al tiempo, que la mano era prestada, que el cariño dado voló porque no importaba el pájaro. Qué tus plumas ocultaban tu rostro para ella.

“Hoy tu mano, mañana no sé” – decía.

Pero otro pájaro vendrá y extenderá su ala, ancha, para abrazarle mientras migra a otro lugar buscando de nuevo a quién soltar de su resbaladiza mano.

Las muñecas de la abuela. Parte III y IV.


Minicuento de terror. Se concluirá en cinco entregas, publicándose una, diariamente, para coincidir con la noche de halloween.

Cuento participante en “Idus de Marzo” de la biblioteca municipal de Dos Hermanas.

Dando mi espalda a la habitación de la porcelana escuchaba como corrían y como hablaban entre ellas. Allí, al frente, de nuevo la niña fantasma al contraluz de la cortina blanca, no identificaba cara alguna, quizás no tuviera, sus calcetines hasta las rodillas y su postura de manos cruzadas en la pelvis me tranquilizada, parecía de poca edad e inocente. Me moví hacia ella, pero seguía sin identificar algún rasgo de su rostro, muy lentamente mientras el teléfono sonaba y escuchaba claros sonidos de la habitación de atrás, cantaban canciones infantiles, que todos conocemos desde niño de jugar en la calle: “Aaaa, Beeee, salto a la comba, Ceeeee, Dé, salta sobre el gato, Eeeee, Efeee, no me veréis…” de repente cuando me encontraba a escaso un metro de la figura se movió repentinamente y su mano rígida señaló al teléfono con un dedo minúsculo. Mi vista se dirigió al aparato y al volver la cara de nuevo al frente, la silueta había desaparecido y las voces se apagaron. Ensimismado, rápido tome el teléfono acongojado y gritaron… “¡Geeee, Hache, tu madre viene a por ti!” solté el teléfono y retrocedí dos pasos con un gesto de incredulidad y extremo pavor, un miedo exacerbado controlaba mi mente, mis pensamientos, mi madre había desaparecido hace años. Al dar el segundo paso hacia atrás, tropecé con algo, se me heló el cuerpo, me tembló todo y preferí estar muerto, es de esos momentos difíciles de olvidar, por mal fario que provoca el simple hecho de recordarlo. De nuevo hice lo que mi madre me aconsejó…cinco… y nada me había perturbado, al mirar hacia atrás comprobé que me había tropezado con un mueble, su cajón curiosamente estaba abierto. Jamás había abierto ese cajón, nunca me había percibido de su existencia, había un libro que tomé, parecía viejo de páginas muy sucias y de color sepia, sugería un uso diario en su época de actividad. No tenía título en la portada. . Lo abrí. Las hojas tenían pegadas recortes de periódicos donde se redactaban casos o sucesos antiguos de hacía ya ochenta años, en el epígrafe de la página, escrito a mano en color rojo, un nombre. En todas las páginas se podía leer un nombre de mujer, y en los recortes sólo sucesos de desapariciones, o posibles secuestros. El nombre de la víctima coincidía con el que estaba escrito en rojo en la cabecera de la página. Fui mirando cuidadosamente el libro página por página, por si conocía a alguno de aquellos nombres, y des esta forma lanzara alguna pista que me hiciera comprender algo de aquella terrible noche. Cuando llegué a la última página, me clavé de rodillas en el suelo y comencé a llorar agazapado con el libro a punto de desprenderse de mis manos, cayeron gotas de agua salada sobre la última página, creando círculos oscuros en el papel grisáceo, dónde al inicio de la misma estaba escrito el nombre de mi madre. –“¿Qué es esto Dios mío?”. No paraba de repetir mi cabeza. ¿Por qué nadie me dijo nada? ¿Qué significaba aquel libro? ¿Por qué hoy? ¿Qué le pasó a mi madre? Leer el nombre de mi madre me dio unas fuerzas inmensas, ahora no quería salir de la maldita casa. Y que siempre estuvo maldita, lo sé desde pequeño, desde que por las noches soñaba que alguien se sentaba al lado de mi cama y acariciaba mis piernas, desde que a los cinco años de edad aparecía aquella niña en el espejo mientras me cepillaba los dientes, la veía cada día y cada día me señalaba a la habitación de las muñecas. Tengo pavor a esa niña. Aún la recuerdo con su pelito liso encrespado y sucio, la cara amoratada, la ropita rota. Su carita era de angustia, de dolor. ¿Cómo podía reflejar una criatura tan pequeña esas sensaciones tan adultas? Ahora me doy cuenta. Estaba muerta. Y mi madre me decía siempre que eran mis miedos, mis fantasmas sugeridos por mi desconfianza a las figuras presentes en la casa. ¿Quizás fuera la niña de antes?

 

Suspiré profundamente y apremié para derribar la puerta, ya no me importaba nada, tenía mucho miedo pero demasiada rabia para darme cuenta. Tomé el pincho de la chimenea y haciendo palanca con fuerza intenté abrir la puerta que había sellado años atrás. Haciendo acopio de fuerzas influí una presión sobrenatural sobre el cerrojo de la puerta, reventé la bisagra y el candado, dejando el bastidor de la puerta hecho añicos. De una burda patada la puerta abrió totalmente dejando al descubierto una imagen dantesca. Me quedé absolutamente sorprendido, puesto que no recordaba aquella imagen de la habitación cuando la cerré a cal y canto, me quedé estupefacto sin poder moverme. Mi cuerpo no asimilaba lo que veía. Las muñecas están colgadas del techo dando una panorámica inédita a mi mente, jamás hubiera pensado vivir aquello que vi. Estaban atadas por la cintura y arqueaban su cuerpo enorme de forma que sus manos atajaban sus pies, eran muy toscas, algunas rubias otras morenas, pelirrojas, castañas…Estaba horrorizado y no podía respirar. Asemejaba una cueva de estalactitas feroces y agresivas. Ni un músculo de mi cuerpo reaccionaba, todas las muñecas me miraban y se reían. Las paredes estaban llenas, cubriéndolas completamente, de muñecas vueltas de espaldas. Solo veía sus melenas largas y peinadas, parecía pelo de verdad, como si alguien las estuviera peinando y solevando a su interés. No podía creerlo. Tengo terror de nuevo. De repente una fuerza me empujó al centro de la habitación. La sentí en el corazón, fue muy íntima. En el cuarto no había mueble alguno y el espacio era vacío y helado, el suelo de madera vieja de color granate. Me di cuenta que la madera estaba impregnada de sangre. Al caer en el centro de la habitación tras el golpe de energía, presencié varios cortes en la madera del suelo, eran hondos y no formaban figura alguna, estaba completamente astillado y me clavé varias de ellas en todo el cuerpo, especialmente en las manos. Recordé instantáneamente los golpes feroces y el sonido metálico que me había hecho desmayar en el salón. Me levanté con un dolor inmenso en las manos y las rodillas. Comencé a llorar porque al alzar la vista todas las muñecas me miraban, las del techo y las paredes. Pero no reían. Su nueva expresión era maléfica. Arraigada a un odio atroz. Mi cuerpo no soportaba el miedo. Tampoco podía tomar aire. Mientras, las paredes empezaron a sangrar y las muñecas teñían su ropa de rojo fuego. Todas extendieron los brazos hacia mí. Aún permanecía en el centro de la habitación. Sus expresiones eran todas distintas y cada una parecía tener vida propia. De repente cientos de voces hablando a la vez inundaron la habitación – “¡Sálvame!”, “Libéranos de esta angustia”, “Nuestra alma está presa, ayudaaa”. Las muñecas comenzaron a cercarme. Miré al interior de mis ojos y al abrirlos mirando de nuevo al frente todo estaba como yo lo conocía. Las muñecas estaban colocadas en las respectivas repisas de los muebles, todas sentadas y mirando al frente, quietas, llenas de polvo.

¡Mi abuela! Había perdido completamente la noción de su existencia. Salí corriendo de la habitación hasta llegar a su cuarto en la planta de arriba. Me temía lo peor, la sangre, el hacha. Seguro que fue ella. Seguro que en su enajenación había tomado el arma blanca y me había querido matar, o aún peor que ella misma se hubiera hecho daño. Al llegar a la habitación…

Desde que mi madre no estaba con nosotros, mi abuela se convirtió en una persona en estado de inconsciencia aunque completamente independiente, pero en su estado acumulaba gran cantidad de suciedad y mugre, la peste bajaba por las paredes. Ella vivía arriba y apenas la veía. Me rechazaba, no quería nada de mí. Se sentaba en una silla con la mirada perdida y con su muñeca en los brazos, a la que peinaba, besaba y envolvía como si fuera su niña. Cada vez que yo intentaba subir para ver como estaba, la veía tambaleándose en la mecedora de madera roñosa y crujiente, cantándole nanas a su muñeca, se quedaba mirándome fijamente hasta que se me ponían los vellos de punta y tenía que retroceder desde la mitad de la escalera. Tenía la certeza de que me odiaba. ¿Por qué? Siempre le obedecía. El último contacto que tuve con ella fue cuando me ordenó que soldara el cerrojo de la puerta. Me ayudó y tuvo especial interés por que las muñecas quedaran encerradas. Siempre estuve a su lado. Pero sólo me quiso para eso. Siempre me trató como si yo no hubiera existido…

Las muñecas de la abuela. Parte II.


Minicuento de terror. Se concluirá en cinco entregas, publicándose una, diariamente, para coincidir con la noche de halloween.

Cuento participante en “Idus de Marzo” de la biblioteca municipal de Dos Hermanas.

Avancé por el pasillo oscuro. ¿La hora?, era madrugada seguro. Pero no podía saber el tiempo exacto porque el reloj estaba parado desde que recuperé la consciencia, la manilla grande en el nueve y la corta marcaba al doce. Empezaba a escuchar respiraciones y risas, pensaba que todo era provocado por mi estado de shock. Mi objetivo era alcanzar la puerta que quedaba al final del pasillo a unos veinte metros de distancia, afuera sólo se veía el vaho del cristal y el viento rasgando la cortinilla que le hacía dar golpes continuos con la puerta. Aún tenía que pasar cinco puertas a lo largo del pasillo cuatro a la izquierda y una a la derecha, la más grande, la habitación de las muñecas, de dónde identificaba pasos sólidos y sonidos rancios. Me daba miedo, un miedo atroz, aquella habitación era aún terrorífica para mí. Hacía doce años que estaba cerrada a cal y canto. Yo mismo lo hice.

Sonó el teléfono rompiendo el hilo de mi soledad silenciosa. Me dio una punzada fría que me recorrió toda la espina dorsal y quedé paralizado, aún a veinte metros de la puerta. El teléfono se encontraba en la habitación de enfrente a la puerta sellada. Pero quién podía llamarme, hacía años que nadie me llamaba al teléfono, lo conservaba para un caso de urgencia, pero ahora pensaba más en salir de allí que tomar el auricular y escuchar alguna voz. Todo estaba oscuro, distinguía la zona y los objetos por memoria, mis ojos parecían que no se acostumbraban a la falta de luz. No veía a dos metros de mí, los rincones y las sombras se alargaban demasiado y parecían figuras extrañas que sugerían más miedo en mi interior. Estoy viendo una muñeca al final del pasillo, es eso o es una niña vestida con un traje blanco de encaje bordado, tiene el pelo largo, estoy paralizado, me tiembla todo, cierro los ojos. Mi madre decía que si veía algo extraño cerrara los ojos y contara cinco, después… se esfumaría. Cuento entonces cinco, mientras cuento siento cómo se acerca, siento una presencia que me enclaustra el alma, que me estremece, y viene hacia mí, mis pies quedan fríos, estoy descalzo y mi aliento se vuelve lento y muy pausado, potenciando mis sentidos. Cinco…abro los ojos, no la veía, el pasillo estaba solo. Me calmé. Mi madre tenía razón, sólo eran miedos de la infancia, miedos que la mente sugiere como respuesta a nuestros temores. El teléfono paró y atiné a dar dos pasos, colocándome en el perfil de los bastidores de la primera puerta, no quería mirar ni siquiera de reojo, era la cocina de la casa, así que pasé rápidamente, sentía el peligro detrás de mí al dar el siguiente paso, con el miedo en mi nuca de que algo pudiera desde atrás atajarme. Sonó más fuerte el teléfono, ¡RING RING!… me consumía el miedo, mi respiración era más que acelerada, exagerada, y mi piel estaba completamente erizada, no podía andar, tenía pavor al hecho de pasar por las otras puertas, ya pasar la primera fue un mal trago, estaba a cinco metros de la tercera puerta de la pared de mi izquierda, tenía que coger el teléfono debía ser importante, sonar en aquel momento justo me intrigó. Debía pasar la segunda puerta a mi izquierda y luego al llegar a la tercera, dar la espalda a la puerta de las muñecas y penetrar en la oscuridad en la salita de estar. Me hice con fuerzas, pasé la sala de curas, sí aquella casa tenía sala de curas. Antiguamente existían de forma muy común, siendo los lugares dónde se realizaban “oficios milagrosos” y situaciones usuales sanitarias, consultas con el doctor, partos, etc. Contaba con una cama vieja vestida de blanco y una taquilla de metal oxidado sin puertas. No quise mirar…

Las muñecas de la abuela. Parte I.


Minicuento de terror. Se concluirá en cinco entregas, publicándose una, diariamente, para coincidir con la noche de halloween.

Cuento participante en “Idus de Marzo” de la biblioteca municipal de Dos Hermanas.

La sangre iba creando un camino dubitativo, el control de la habitación estaba desorientado, me preguntaba quién podía haber dejado esa marca sobre el tapiz marrón y sucio.

Dando pasos por aquella rugiente madera, de la que silenciosamente asomaban alimañas y desvencijados clavos mohosos, deduje que las eses sangrientas fueron causadas por el arrastrar de un arma de peso extremadamente descompensado como podría ser un hacha, puesto que levantaban pequeñas astillas del roble. Aunque no creía en espíritus, la manifestación súbita de algún ente delante de mis ojos era lo que más me aterraba. Sabía lo mismo que cualquier lector en este momento. Sólo eso. Me sentía aturdido. Después de recuperar los sentidos y en buena parte el conocimiento, reconocí mi propio hogar, y agarrándome fuertemente el pecho, pellizcando mi camisa jironada totalmente rota, me arrinconé en la parte más segura de la habitación, un pequeño hueco que había entre el reloj de pie y el sillón de patas delgadas, pero que tenía un respaldar ancho y tosco para ocultarme. Tuve miedo durante mucho tiempo, mientras examinaba mi cuerpo notaba aún más la desesperación en mis venas, que se inflamaban por momentos, como si el corazón naciera a centímetros de cada una de ellas. De repente escuché un golpe seco y profundo, tan fuerte que parecía venir de mi interior, pero era un sonido metálico, algo que hubiera hecho añicos cualquier otro material con el que hubiera golpeado. Me desmayé.

Algo me despertó, un aliento frío e impoluto rozó mi cuerpo entero desde el primer al último vello, me erguí rápidamente y no por voluntad propia. El corazón no me palpitaba sino que me daba unos golpes aún más fuertes que el de aquel metal aplastante. Me creía muerto en segundos, a pesar de que no veía a nadie en la sala. En las paredes, de papel mate estampado con flores, y motivos verticales de color marrón con un liso verde oscuro, sólo había dos cuadros con fotos sepias de mi abuela en la escuela, sola, sentada en su pupitre con los pies colgando y muy seria, y otro que nunca me trajo buen agüero con mis bisabuelos y todos sus hijos. Uno de ellos posaba muerto. Dícese que antes cuando algún hijo moría todos debían acompañarle en un retrato para estar siempre con él. Era tétrico y malintencionado. Imagínense un muerto a su lado ahora mismo, tranquilo y con los ojos abiertos, mirando a la cámara. Demencial.

Yo hacía tiempo que vivía solo en aquella casa, contaba con la compañía de mi abuela pero como si nada porque su estado era senil, y aquello hacia batirme con la soledad. No tenía otra familia, en cuanto a mis ascendientes, todos habían muerto o no sabía nada de ellos, tampoco tenía ni el cariño ni el calor de una madre desde hacía muchísimo tiempo, esto me aterraba. Mis descendientes, en definitiva, nunca los tuve. A mis treinta y tres años nunca había contemplado el hecho de casarme ni crear una familia, me había dolido tanto perderlo todo en mi árbol de vida, que no quería prolongar las raíces ni hacer pasar por ese sufrimiento a las personas que más quisiera en esta vida. Así llevaba veinte años, encerrado en aquella casa vieja, a las afueras de la ciudad, en una pequeña colina, con mi jardín sin césped, que guardaba con mimo la bicicleta de mi infancia y el columpio de mi niñez, que oxidado aún chillaba al sentir pasar al viento. Me había vuelto sumamente descuidado a razón que no me importaba nada más que nada.

Todo para mí era superfluo y diáfano. El espacio de las habitaciones de la casa era frío. Aún seguía manteniendo la habitación de las muñecas de porcelana, que tanto pude conocer cuando era niño, y que coleccionaba mi madre como herencia de mi abuela, nunca las había contado, pero eran más de doscientas, seguro. Siempre que pasaba por la puerta me daba un escalofrío inquietante y al ver aquella imagen cuando me asomaba a la dichosa habitación, me hacía salir huyendo y entre sollozos abrazar a mi madre, mientras ella me decía – “Son sólo muñecas cariño, no temas”. Y yo las temía cada vez más.