Las muñecas de la abuela. Parte II.

Minicuento de terror. Se concluirá en cinco entregas, publicándose una, diariamente, para coincidir con la noche de halloween.

Cuento participante en “Idus de Marzo” de la biblioteca municipal de Dos Hermanas.

Avancé por el pasillo oscuro. ¿La hora?, era madrugada seguro. Pero no podía saber el tiempo exacto porque el reloj estaba parado desde que recuperé la consciencia, la manilla grande en el nueve y la corta marcaba al doce. Empezaba a escuchar respiraciones y risas, pensaba que todo era provocado por mi estado de shock. Mi objetivo era alcanzar la puerta que quedaba al final del pasillo a unos veinte metros de distancia, afuera sólo se veía el vaho del cristal y el viento rasgando la cortinilla que le hacía dar golpes continuos con la puerta. Aún tenía que pasar cinco puertas a lo largo del pasillo cuatro a la izquierda y una a la derecha, la más grande, la habitación de las muñecas, de dónde identificaba pasos sólidos y sonidos rancios. Me daba miedo, un miedo atroz, aquella habitación era aún terrorífica para mí. Hacía doce años que estaba cerrada a cal y canto. Yo mismo lo hice.

Sonó el teléfono rompiendo el hilo de mi soledad silenciosa. Me dio una punzada fría que me recorrió toda la espina dorsal y quedé paralizado, aún a veinte metros de la puerta. El teléfono se encontraba en la habitación de enfrente a la puerta sellada. Pero quién podía llamarme, hacía años que nadie me llamaba al teléfono, lo conservaba para un caso de urgencia, pero ahora pensaba más en salir de allí que tomar el auricular y escuchar alguna voz. Todo estaba oscuro, distinguía la zona y los objetos por memoria, mis ojos parecían que no se acostumbraban a la falta de luz. No veía a dos metros de mí, los rincones y las sombras se alargaban demasiado y parecían figuras extrañas que sugerían más miedo en mi interior. Estoy viendo una muñeca al final del pasillo, es eso o es una niña vestida con un traje blanco de encaje bordado, tiene el pelo largo, estoy paralizado, me tiembla todo, cierro los ojos. Mi madre decía que si veía algo extraño cerrara los ojos y contara cinco, después… se esfumaría. Cuento entonces cinco, mientras cuento siento cómo se acerca, siento una presencia que me enclaustra el alma, que me estremece, y viene hacia mí, mis pies quedan fríos, estoy descalzo y mi aliento se vuelve lento y muy pausado, potenciando mis sentidos. Cinco…abro los ojos, no la veía, el pasillo estaba solo. Me calmé. Mi madre tenía razón, sólo eran miedos de la infancia, miedos que la mente sugiere como respuesta a nuestros temores. El teléfono paró y atiné a dar dos pasos, colocándome en el perfil de los bastidores de la primera puerta, no quería mirar ni siquiera de reojo, era la cocina de la casa, así que pasé rápidamente, sentía el peligro detrás de mí al dar el siguiente paso, con el miedo en mi nuca de que algo pudiera desde atrás atajarme. Sonó más fuerte el teléfono, ¡RING RING!… me consumía el miedo, mi respiración era más que acelerada, exagerada, y mi piel estaba completamente erizada, no podía andar, tenía pavor al hecho de pasar por las otras puertas, ya pasar la primera fue un mal trago, estaba a cinco metros de la tercera puerta de la pared de mi izquierda, tenía que coger el teléfono debía ser importante, sonar en aquel momento justo me intrigó. Debía pasar la segunda puerta a mi izquierda y luego al llegar a la tercera, dar la espalda a la puerta de las muñecas y penetrar en la oscuridad en la salita de estar. Me hice con fuerzas, pasé la sala de curas, sí aquella casa tenía sala de curas. Antiguamente existían de forma muy común, siendo los lugares dónde se realizaban “oficios milagrosos” y situaciones usuales sanitarias, consultas con el doctor, partos, etc. Contaba con una cama vieja vestida de blanco y una taquilla de metal oxidado sin puertas. No quise mirar…

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