Las muñecas de la abuela. Parte III y IV.

Minicuento de terror. Se concluirá en cinco entregas, publicándose una, diariamente, para coincidir con la noche de halloween.

Cuento participante en “Idus de Marzo” de la biblioteca municipal de Dos Hermanas.

Dando mi espalda a la habitación de la porcelana escuchaba como corrían y como hablaban entre ellas. Allí, al frente, de nuevo la niña fantasma al contraluz de la cortina blanca, no identificaba cara alguna, quizás no tuviera, sus calcetines hasta las rodillas y su postura de manos cruzadas en la pelvis me tranquilizada, parecía de poca edad e inocente. Me moví hacia ella, pero seguía sin identificar algún rasgo de su rostro, muy lentamente mientras el teléfono sonaba y escuchaba claros sonidos de la habitación de atrás, cantaban canciones infantiles, que todos conocemos desde niño de jugar en la calle: “Aaaa, Beeee, salto a la comba, Ceeeee, Dé, salta sobre el gato, Eeeee, Efeee, no me veréis…” de repente cuando me encontraba a escaso un metro de la figura se movió repentinamente y su mano rígida señaló al teléfono con un dedo minúsculo. Mi vista se dirigió al aparato y al volver la cara de nuevo al frente, la silueta había desaparecido y las voces se apagaron. Ensimismado, rápido tome el teléfono acongojado y gritaron… “¡Geeee, Hache, tu madre viene a por ti!” solté el teléfono y retrocedí dos pasos con un gesto de incredulidad y extremo pavor, un miedo exacerbado controlaba mi mente, mis pensamientos, mi madre había desaparecido hace años. Al dar el segundo paso hacia atrás, tropecé con algo, se me heló el cuerpo, me tembló todo y preferí estar muerto, es de esos momentos difíciles de olvidar, por mal fario que provoca el simple hecho de recordarlo. De nuevo hice lo que mi madre me aconsejó…cinco… y nada me había perturbado, al mirar hacia atrás comprobé que me había tropezado con un mueble, su cajón curiosamente estaba abierto. Jamás había abierto ese cajón, nunca me había percibido de su existencia, había un libro que tomé, parecía viejo de páginas muy sucias y de color sepia, sugería un uso diario en su época de actividad. No tenía título en la portada. . Lo abrí. Las hojas tenían pegadas recortes de periódicos donde se redactaban casos o sucesos antiguos de hacía ya ochenta años, en el epígrafe de la página, escrito a mano en color rojo, un nombre. En todas las páginas se podía leer un nombre de mujer, y en los recortes sólo sucesos de desapariciones, o posibles secuestros. El nombre de la víctima coincidía con el que estaba escrito en rojo en la cabecera de la página. Fui mirando cuidadosamente el libro página por página, por si conocía a alguno de aquellos nombres, y des esta forma lanzara alguna pista que me hiciera comprender algo de aquella terrible noche. Cuando llegué a la última página, me clavé de rodillas en el suelo y comencé a llorar agazapado con el libro a punto de desprenderse de mis manos, cayeron gotas de agua salada sobre la última página, creando círculos oscuros en el papel grisáceo, dónde al inicio de la misma estaba escrito el nombre de mi madre. –“¿Qué es esto Dios mío?”. No paraba de repetir mi cabeza. ¿Por qué nadie me dijo nada? ¿Qué significaba aquel libro? ¿Por qué hoy? ¿Qué le pasó a mi madre? Leer el nombre de mi madre me dio unas fuerzas inmensas, ahora no quería salir de la maldita casa. Y que siempre estuvo maldita, lo sé desde pequeño, desde que por las noches soñaba que alguien se sentaba al lado de mi cama y acariciaba mis piernas, desde que a los cinco años de edad aparecía aquella niña en el espejo mientras me cepillaba los dientes, la veía cada día y cada día me señalaba a la habitación de las muñecas. Tengo pavor a esa niña. Aún la recuerdo con su pelito liso encrespado y sucio, la cara amoratada, la ropita rota. Su carita era de angustia, de dolor. ¿Cómo podía reflejar una criatura tan pequeña esas sensaciones tan adultas? Ahora me doy cuenta. Estaba muerta. Y mi madre me decía siempre que eran mis miedos, mis fantasmas sugeridos por mi desconfianza a las figuras presentes en la casa. ¿Quizás fuera la niña de antes?

 

Suspiré profundamente y apremié para derribar la puerta, ya no me importaba nada, tenía mucho miedo pero demasiada rabia para darme cuenta. Tomé el pincho de la chimenea y haciendo palanca con fuerza intenté abrir la puerta que había sellado años atrás. Haciendo acopio de fuerzas influí una presión sobrenatural sobre el cerrojo de la puerta, reventé la bisagra y el candado, dejando el bastidor de la puerta hecho añicos. De una burda patada la puerta abrió totalmente dejando al descubierto una imagen dantesca. Me quedé absolutamente sorprendido, puesto que no recordaba aquella imagen de la habitación cuando la cerré a cal y canto, me quedé estupefacto sin poder moverme. Mi cuerpo no asimilaba lo que veía. Las muñecas están colgadas del techo dando una panorámica inédita a mi mente, jamás hubiera pensado vivir aquello que vi. Estaban atadas por la cintura y arqueaban su cuerpo enorme de forma que sus manos atajaban sus pies, eran muy toscas, algunas rubias otras morenas, pelirrojas, castañas…Estaba horrorizado y no podía respirar. Asemejaba una cueva de estalactitas feroces y agresivas. Ni un músculo de mi cuerpo reaccionaba, todas las muñecas me miraban y se reían. Las paredes estaban llenas, cubriéndolas completamente, de muñecas vueltas de espaldas. Solo veía sus melenas largas y peinadas, parecía pelo de verdad, como si alguien las estuviera peinando y solevando a su interés. No podía creerlo. Tengo terror de nuevo. De repente una fuerza me empujó al centro de la habitación. La sentí en el corazón, fue muy íntima. En el cuarto no había mueble alguno y el espacio era vacío y helado, el suelo de madera vieja de color granate. Me di cuenta que la madera estaba impregnada de sangre. Al caer en el centro de la habitación tras el golpe de energía, presencié varios cortes en la madera del suelo, eran hondos y no formaban figura alguna, estaba completamente astillado y me clavé varias de ellas en todo el cuerpo, especialmente en las manos. Recordé instantáneamente los golpes feroces y el sonido metálico que me había hecho desmayar en el salón. Me levanté con un dolor inmenso en las manos y las rodillas. Comencé a llorar porque al alzar la vista todas las muñecas me miraban, las del techo y las paredes. Pero no reían. Su nueva expresión era maléfica. Arraigada a un odio atroz. Mi cuerpo no soportaba el miedo. Tampoco podía tomar aire. Mientras, las paredes empezaron a sangrar y las muñecas teñían su ropa de rojo fuego. Todas extendieron los brazos hacia mí. Aún permanecía en el centro de la habitación. Sus expresiones eran todas distintas y cada una parecía tener vida propia. De repente cientos de voces hablando a la vez inundaron la habitación – “¡Sálvame!”, “Libéranos de esta angustia”, “Nuestra alma está presa, ayudaaa”. Las muñecas comenzaron a cercarme. Miré al interior de mis ojos y al abrirlos mirando de nuevo al frente todo estaba como yo lo conocía. Las muñecas estaban colocadas en las respectivas repisas de los muebles, todas sentadas y mirando al frente, quietas, llenas de polvo.

¡Mi abuela! Había perdido completamente la noción de su existencia. Salí corriendo de la habitación hasta llegar a su cuarto en la planta de arriba. Me temía lo peor, la sangre, el hacha. Seguro que fue ella. Seguro que en su enajenación había tomado el arma blanca y me había querido matar, o aún peor que ella misma se hubiera hecho daño. Al llegar a la habitación…

Desde que mi madre no estaba con nosotros, mi abuela se convirtió en una persona en estado de inconsciencia aunque completamente independiente, pero en su estado acumulaba gran cantidad de suciedad y mugre, la peste bajaba por las paredes. Ella vivía arriba y apenas la veía. Me rechazaba, no quería nada de mí. Se sentaba en una silla con la mirada perdida y con su muñeca en los brazos, a la que peinaba, besaba y envolvía como si fuera su niña. Cada vez que yo intentaba subir para ver como estaba, la veía tambaleándose en la mecedora de madera roñosa y crujiente, cantándole nanas a su muñeca, se quedaba mirándome fijamente hasta que se me ponían los vellos de punta y tenía que retroceder desde la mitad de la escalera. Tenía la certeza de que me odiaba. ¿Por qué? Siempre le obedecía. El último contacto que tuve con ella fue cuando me ordenó que soldara el cerrojo de la puerta. Me ayudó y tuvo especial interés por que las muñecas quedaran encerradas. Siempre estuve a su lado. Pero sólo me quiso para eso. Siempre me trató como si yo no hubiera existido…

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