Franco, España ha muerto.


Y sí, España ha muerto. Pongo este título tan impactante porque siento, ante esta España, la impotencia que sentían mis antepasados frente a al dictadura franquista. Se preguntaréis qué hago escribiendo de política en mi blog si nunca jamás lo he hecho. Y lleváis toda la razón del mundo. Como sabéis, este blog no intenta inculcar ninguna idea de derechas o de izquierdas, ni mucho menos del centro, (si no es pa’ dentro), así que hoy tampoco vais a recibir de mi parte una opinión política por mucho que el país merezca una de éstas y bien dura.

Y viendo que como dice el título España ha muerto, así que mejor voy a hablar de mi otra España. La que recorre todas las vías y carreteras de mi patria, aquella España que no hace falta tiempo para visitarla, sino que ya es visitada a cada instante por mi corazón. La España que no se queda en España, la que emigra y vuelve, la que viene y después se va, esa España que yo sólo una vez tres días vi, y luego se fue a partir entre sollozos. Esa España amarrada y libre, con sus bosques y montañas, de cumbre nevada, con la gloria blanca en su pecho, y un centro de ríos de azúcar que desembocan en sus venas, haciéndola patria dulce y a veces empalagosa, pero preciosa, divina y filibustera, rancia con solera. Que a veces, y sólo a veces, se apiada de mí.

¡Oh España! que incluso me escribes por WhatsApp (por si alguno no sabía como se escribe), permite que un día… un día, te toque, y sobre tus mapas dibuje mi España, mi patria que son tus huesos, la que pienso cada día.

¡¡¡España de mis amores!!!

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