Diario de amor. Página 6.


Sigo escribiendo páginas del único diario  de amor que escribí en mi vida.

“Morena de Sevilla”

Hoy tengo ganas de escribirte

con gracia y tirarte piropos uno

tras otro, porque eres morena, bonita

y tienes una chispa que ningún

agua te la quita.

 

“Qué esto es público y notorio

er día que no te veo, hablo

por la calle solo.”

 

“Yo metí a la lotería

me ha tocao tu persona,

que era lo que yo quería.”

 

“A los árboles los blandeo,

al toro bravo lo amanso.

Pero contigo morena ¡No puedo!”

 

“Te vi vení por la serranía.

¡Pintores no te pintarán

tan bonita como venías!”

 

“Y me tengo queí a viví

aonde dicen que se gana

la gloria antes de morí…”

 

Esto es al laíto de tu persona que

es lo único que quiero sentí.

Seguro que te ha hecho gracia mi forma

de tirarte piropo, si/no es que ere una

malaje y en mi vía yo te arropo.

¡¡Viva la morena de Sevilla!!

Cualquier parte del mundo es tierra


Quise viajar durante toda mi vida. Un deseo irrefrenable e impaciente por tomar nuevos rumbos y lugares. La imagen de una carretera gris con lanzas blancas, un cielo azul manchado de añil, un agua gigante flotando mis pies…

Todo era posible mientras conducía, pilotaba o navegaba. Yo, o el destino.

Un viajero, eso me consideraba. Sutilmente iba entre puntillas por las américas, conocía cada paraje y lo mejor de todo, podía saltar en cada una de sus maravillas. Tengo fotos borrosas, en Machu Picchu, en las cataratas del Niágara, y mucho más… Cansado de aquella América pude transcurrir meses, varios meses en Asia, en las llanuras de Mongolia, subí al Everest, K2, Anapurna, y consagré mi espíritu en la cultura japonesa odiando aquellas bombas atómicas que fulminaron las ciudades perpetuas.

Por Europa viajé también años, muchos más años que sobre cualquier otra parte del mundo. En mi cabeza estaban todos los mapas de las grandes ciudades, de los pequeños rincones y sobre todo de los bosques y parques más bellos del universo (créanme también he estado allí).

Oceanía, el Polo Norte, la Antártida. La fosa de la marianas, la gran barrera de coral. Los jardines colgantes…

Pero con lo que me quedo es con África, la naturaleza, la bella gacela y el denso rinoceronte. Jamás olvidaré cuando corrí al lado del gepardo, cuando abracé a la girafa, y aquel mono montó en mí. África. Tu gente está viva. Esclava de ti. África, ojalá yo pudiera mirar como tu gente y caminar sintiendo la tierra bajo mis pies, el agua en mi paladar, el sol en mi piel y mi alrededor en mi corazón.

Tengo sólo 5 años. Aunque mi madre diga que tengo 43. En mi cabeza, son 5 años.

Tengo que confesaros que todo esto lo he vivido en mi imaginación. Hace cinco años sufrí un fuerte accidente, que me dejó parapléjico.

Dónde descubrí que cualquier parte del mundo es tierra. Incluso en mi cabeza.

Lo que tú eres, lo que quiero y lo que será


Amor

Quiero comprender la diferencia entre estos tres conceptos, quiero pero aún no puedo. Desgraciadamente, lo que pienso o creo, puede dictar de la realidad en demasía, o puestos a pedir, que sea fidedigna en gran proporción. Eso no lo sé, ni lo sabré porque soy un ciudadano de este mundo y no del otro.

Es muy importante acordarme siempre de lo que quiero para luchar por ello, y de esta forma tener la capacidad, cada día, de dar ese poquito de mí para conseguirlo. No importa la veces que lo intente, porque si me acuerdo de lo que realmente busco, de mi objetivo primordial, de ti, los fallos y los intentos son profesores. Yo soy una persona, sí. Yo debo guardar mis valores, sí. Pero también debo luchar por lo que quiero.

La relación de lo que quiero con lo que eres tú, es básicamente la tangente que se crea entre tu pecho y mi mirada. Yo miro hacia ti, pero ella sólo te acaracia, continúa, y casi ni la percibes. Tú eres una pasión desmesurada, un pensamiento único, y un atardecer mirando al agua que refleja toda la vida. A veces me pregunto porque te busco si sólo me rechazas, y yo mismo me respondo: “a veces ha mostrado su verdadero yo bajo los ojos, mientras echaba a andar y te miraba, o cuando en mis recuerdos evaluaba su dulce sonrisa roja”. No sabía de ti hasta la casualidad, no volví a saber de ti hasta el aterrizaje y hoy no sé cuando volveré a conocerte. ¿Rendido?, así estoy rendido de querer quererte. Hoy. Pero es sólo uno de mis intentos, es uno solo. Pero me acuerdo de lo que quiero, y lo que quiero eres tú.

Acabo de superponer las tres ideas iniciales que no alcanzaba a comprender:

“Lo que quiero y lo que será es lo que tú eres.
Lo que tú eres es lo que quiero y lo que será.
Lo que será es lo que quiero, lo que tú eres.”

Quiero, eres, será.

Las muñecas de la abuela. Quinta parte: final.


Minicuento de terror. Se concluirá en cinco entregas, publicándose una, diariamente, para coincidir con la noche de halloween.

Cuento participante en “Idus de Marzo” de la biblioteca municipal de Dos Hermanas.

Al entrar en la habitación… mi abuela estaba sentada en el rincón del dormitorio en una postura forzada, le podía ver claramente su rostro, había colocado de pie a su muñeca a escasos metros, ésta quedaba mirando a mi abuela y por lo tanto de espaldas a mí. La mujer estaba callada pero con la expresión desencajada, los ojos desorbitados y la boca abierta de par en par, se llevaba la mano al pecho, cerca del corazón, como para arrancar un pellizco de su propia carne. Entré en la habitación gritando, -“¿qué te pasa abuela?”. Pero ella no reaccionaba, no decía nada. Extrañamente seguía mirando a la muñeca. Al volver mi cara hacia la muñeca, estaba desvanecida en el suelo, como si fuera de trapo. Cómo podía ser si antes se tenía en pie. Al caer su vestido había quedado doblado hacia arriba y pude observar un número marcado en rojo en su barriguita de trapo, 23011959. ¿Qué significado tendría aquel número? Me preguntaba. ¿Por qué aparecía aquella niña de nuevo? ¿Tendría algo que ver cuándo señalaba a la habitación de las muñecas? Lo peor es que ese número me sugería algo. Me hacía recordar algún hecho. ¡Claro!, acababa de verlo. Era la fecha de la desaparición de mi madre, lo ponía en el recorte de periódico. Cogí la muñeca y corrí hacia la salita dónde encontré el libro, y me aseguré. Exacto. Aquella muñeca tenía pintado en su vientre el día exacto en el que mi madre desapareció, comencé a llorar, ¿qué pasaba allí? ¿Qué pretendía mi abuela con aquella muñeca y ese número? ¿Por qué siempre la tenía encima?. Entonces tomé la muñeca por la cintura, puesto que la llevaba por los pies, y le aparté el vestido de su faz para ocultarle el número y descubrir su carita. La solté. Tenía un cierto parecido asombroso a mi madre. Su pelo y sus ojos eran idénticos. Me asusté y la muñeca golpeó el suelo bruscamente, noté en ese momento que pesaba más por su cabeza, no lo había advertido en el tramo que la acarreé. Cayó bocabajo. De forma repentina se giró como un resorte al golpear el suelo y comenzó a gritar “¡Mi madre viene a por mí!” y cerró los ojos quedándose de nuevo callada. Las lágrimas de pavor e incertidumbre nunca paraban de salirme. ¿Por qué la muñeca hablaba? ¿Por qué tenía tanto parecido a mi madre? Tantas preguntas y tanto escalofrío por mi cuerpo. De repente la figura de trapo se irguió en un segundo, con movimientos muy bruscos. Retrocedí dos pasos. Sólo dijo, – “Mamá”. Y señaló a la habitación de enfrente. Por lo que corrí a la habitación de las muñecas y comencé a tirarlas todas buscando a mi madre, descubrí todas las paredes, y saltaba sobre el suelo por si sonaba de forma que me hiciera pensar que hubiera algún hueco en el mismo. Nada, no había nada. El suelo estaba todo lleno de muñecas, que tiré en el ímpetu de encontrar algún resquicio de mi madre. Mirando la estampa que había generado, que asemejo a un campo de batalla, observé que algunas muñecas quedaron con la barriguita al descubierto y justo allí había un número pintado al igual que la muñeca que se parecía a mi madre. Corrí a tomar el libro y lo llevé a la habitación. Las encontré a todas sentadas en el suelo y la espalda apoyada a la pared, en fila, con las barrigas descubiertas y las caras tapadas con sus vestidos. Miré el número de la primera y la busqué en el libro, coincidió que era la primera página. Miré el nombre de la chica desaparecida y la foto que venía en la noticia. Destapé la cara de la muñeca y cierto horror me reventó el estómago, la muñeca era igual a la chica. Continué con la segunda muñeca, que misteriosamente era la segunda página en cuestión del libro. La cara no podía ser más igual. Repasé las muñecas una a una, número y cara, aseverando las noticias. Toqué las muñecas apretándolas, estaban rellenas de arena, sólo veía una expresión humana en sus ojos y pelo. Al volverme advertí en el centro de la habitación un cuerpo de muñeca decapitado con una cabeza de trapo amputada pero sin expresión, sin pelo, sin ojos. Me acerqué y le miré el torso, justamente el número indicaba la fecha de hoy.

Subí a ver a mi abuela, estaba aún traspuesta, seguía con el mismo gesto de desconsolación con el que la dejé. La tome en brazos y la bajé. Fui a llevarla al dormitorio dónde habitaban aquellas muñecas. Ella las había cuidado y coleccionado durante toda su vida. Quizás ella pudiera calmar su dolor y ayudarles a trasmitir el mensaje que querían darnos. Me arrodillé y la coloqué en el centro de la habitación, al lado de la muñeca decapitada. Me puse de pie y alguien me tomó de la mano. Al mirar, era la muñeca que fechaba a mi madre. Me relajó tocarla, me trasmitió una paz inmensa. Me sacó de la habitación caminando y tras nosotros la puerta se cerró. Las voces de dolor se sucedieron, eran todas distintas. La muñeca, ahora en mi mano agarrada, colgaba sin vida. Después de una luz intensa que duró varios minutos y que pude ver por las rendijas de la puerta. Todo se silenció. La puerta se abrió y entré de nuevo. Ahora la muñeca decapitada estaba completamente formada. Mi abuela no estaba, pero la muñeca del centro ahora tenía su pelo, sus ojos y completada con arena. Al tomarla noté que la arena interior ardía, y al ver mis manos manchadas de la misma, supe que no era arena, sino ceniza. Y de repente comprendí todo. Mi abuela fue vil, con aquellas niñas del libro, cometió un acto completamente inhumano y terrorífico. Las secuestraba en mi propia casa, allí le arrancaba la cabellera y los ojos junto con la piel de la cara, y el resto del cuerpo lo quemaba y lo usaba para rellenar el cuerpo de trapo de aquellas tristes y furiosas muñecas sin descanso. Lo hacía con el hacha. Que golpeaba contra el suelo y esto hacía crujir los huesos de forma espantosa, lo pude comprobar aquella noche, me llegaban los sonidos del pasado, las imágenes del pasado, mostrados todos ellos por la furia y el dolor de aquellas almas inocentes que fueron asesinadas por una persona sin corazón y sin piedad, para poseer la colección del horror más sanguinaria que jamás haya conocido el ser humano.

En los días siguientes, fui investigando a través de los recortes de periódico la ubicación y nombres de las familias de aquellas niñas desaparecidas y sin ofrecerles noticia alguna de la verdad, fui entregándoles a sus hijas o nietas, en forma de muñeca, con el beneplácito de conmemorar sus muertes, indicando la fecha de su desaparición en el torso, y así ofrecerles un tributo a su alma, con la semejanza de su rostro. Dándoles así descanso eterno junto a sus familias, a aquellas niñas de inocentes figuras y que por mucho tiempo estuvieron malditas por vivir el horror y la captura de su alma. Por fin la casa descansó. En la puerta esculpí: “El mal está dentro. Jamás le den salida”.

Conmigo siempre quedó mamá.

No tomes y sueltes mi mano


Hubo un día en el jardín de los humanos, una historia curiosa y realizada, que servía de ejemplo para los demás y de enseñanza para uno mismo.

Dos personas que se conocieron azarosamente, un día en aquel lugar de concurridos planes, empezaron a mirarse y ejecutarse frases directas al corazón, tan que en pocos días, se agarraron la mano para ir caminando y mirándose… se besaban, las caricias y los besos eran su saber estar. Promocionando el dulce beso, el beso que sale porque sí, el beso en la mejilla, el abrazo en amplia sonrisa y la noche, detrás, corría de su parte.

Gran luna, gran momento de luna, fueron pocas lunas las que llevaron a sus espaldas. Pero ¿por qué no más? ¿Por qué ella le soltó su mano?. Descubrió al tiempo, que la mano era prestada, que el cariño dado voló porque no importaba el pájaro. Qué tus plumas ocultaban tu rostro para ella.

“Hoy tu mano, mañana no sé” – decía.

Pero otro pájaro vendrá y extenderá su ala, ancha, para abrazarle mientras migra a otro lugar buscando de nuevo a quién soltar de su resbaladiza mano.

Las muñecas de la abuela. Parte III y IV.


Minicuento de terror. Se concluirá en cinco entregas, publicándose una, diariamente, para coincidir con la noche de halloween.

Cuento participante en “Idus de Marzo” de la biblioteca municipal de Dos Hermanas.

Dando mi espalda a la habitación de la porcelana escuchaba como corrían y como hablaban entre ellas. Allí, al frente, de nuevo la niña fantasma al contraluz de la cortina blanca, no identificaba cara alguna, quizás no tuviera, sus calcetines hasta las rodillas y su postura de manos cruzadas en la pelvis me tranquilizada, parecía de poca edad e inocente. Me moví hacia ella, pero seguía sin identificar algún rasgo de su rostro, muy lentamente mientras el teléfono sonaba y escuchaba claros sonidos de la habitación de atrás, cantaban canciones infantiles, que todos conocemos desde niño de jugar en la calle: “Aaaa, Beeee, salto a la comba, Ceeeee, Dé, salta sobre el gato, Eeeee, Efeee, no me veréis…” de repente cuando me encontraba a escaso un metro de la figura se movió repentinamente y su mano rígida señaló al teléfono con un dedo minúsculo. Mi vista se dirigió al aparato y al volver la cara de nuevo al frente, la silueta había desaparecido y las voces se apagaron. Ensimismado, rápido tome el teléfono acongojado y gritaron… “¡Geeee, Hache, tu madre viene a por ti!” solté el teléfono y retrocedí dos pasos con un gesto de incredulidad y extremo pavor, un miedo exacerbado controlaba mi mente, mis pensamientos, mi madre había desaparecido hace años. Al dar el segundo paso hacia atrás, tropecé con algo, se me heló el cuerpo, me tembló todo y preferí estar muerto, es de esos momentos difíciles de olvidar, por mal fario que provoca el simple hecho de recordarlo. De nuevo hice lo que mi madre me aconsejó…cinco… y nada me había perturbado, al mirar hacia atrás comprobé que me había tropezado con un mueble, su cajón curiosamente estaba abierto. Jamás había abierto ese cajón, nunca me había percibido de su existencia, había un libro que tomé, parecía viejo de páginas muy sucias y de color sepia, sugería un uso diario en su época de actividad. No tenía título en la portada. . Lo abrí. Las hojas tenían pegadas recortes de periódicos donde se redactaban casos o sucesos antiguos de hacía ya ochenta años, en el epígrafe de la página, escrito a mano en color rojo, un nombre. En todas las páginas se podía leer un nombre de mujer, y en los recortes sólo sucesos de desapariciones, o posibles secuestros. El nombre de la víctima coincidía con el que estaba escrito en rojo en la cabecera de la página. Fui mirando cuidadosamente el libro página por página, por si conocía a alguno de aquellos nombres, y des esta forma lanzara alguna pista que me hiciera comprender algo de aquella terrible noche. Cuando llegué a la última página, me clavé de rodillas en el suelo y comencé a llorar agazapado con el libro a punto de desprenderse de mis manos, cayeron gotas de agua salada sobre la última página, creando círculos oscuros en el papel grisáceo, dónde al inicio de la misma estaba escrito el nombre de mi madre. –“¿Qué es esto Dios mío?”. No paraba de repetir mi cabeza. ¿Por qué nadie me dijo nada? ¿Qué significaba aquel libro? ¿Por qué hoy? ¿Qué le pasó a mi madre? Leer el nombre de mi madre me dio unas fuerzas inmensas, ahora no quería salir de la maldita casa. Y que siempre estuvo maldita, lo sé desde pequeño, desde que por las noches soñaba que alguien se sentaba al lado de mi cama y acariciaba mis piernas, desde que a los cinco años de edad aparecía aquella niña en el espejo mientras me cepillaba los dientes, la veía cada día y cada día me señalaba a la habitación de las muñecas. Tengo pavor a esa niña. Aún la recuerdo con su pelito liso encrespado y sucio, la cara amoratada, la ropita rota. Su carita era de angustia, de dolor. ¿Cómo podía reflejar una criatura tan pequeña esas sensaciones tan adultas? Ahora me doy cuenta. Estaba muerta. Y mi madre me decía siempre que eran mis miedos, mis fantasmas sugeridos por mi desconfianza a las figuras presentes en la casa. ¿Quizás fuera la niña de antes?

 

Suspiré profundamente y apremié para derribar la puerta, ya no me importaba nada, tenía mucho miedo pero demasiada rabia para darme cuenta. Tomé el pincho de la chimenea y haciendo palanca con fuerza intenté abrir la puerta que había sellado años atrás. Haciendo acopio de fuerzas influí una presión sobrenatural sobre el cerrojo de la puerta, reventé la bisagra y el candado, dejando el bastidor de la puerta hecho añicos. De una burda patada la puerta abrió totalmente dejando al descubierto una imagen dantesca. Me quedé absolutamente sorprendido, puesto que no recordaba aquella imagen de la habitación cuando la cerré a cal y canto, me quedé estupefacto sin poder moverme. Mi cuerpo no asimilaba lo que veía. Las muñecas están colgadas del techo dando una panorámica inédita a mi mente, jamás hubiera pensado vivir aquello que vi. Estaban atadas por la cintura y arqueaban su cuerpo enorme de forma que sus manos atajaban sus pies, eran muy toscas, algunas rubias otras morenas, pelirrojas, castañas…Estaba horrorizado y no podía respirar. Asemejaba una cueva de estalactitas feroces y agresivas. Ni un músculo de mi cuerpo reaccionaba, todas las muñecas me miraban y se reían. Las paredes estaban llenas, cubriéndolas completamente, de muñecas vueltas de espaldas. Solo veía sus melenas largas y peinadas, parecía pelo de verdad, como si alguien las estuviera peinando y solevando a su interés. No podía creerlo. Tengo terror de nuevo. De repente una fuerza me empujó al centro de la habitación. La sentí en el corazón, fue muy íntima. En el cuarto no había mueble alguno y el espacio era vacío y helado, el suelo de madera vieja de color granate. Me di cuenta que la madera estaba impregnada de sangre. Al caer en el centro de la habitación tras el golpe de energía, presencié varios cortes en la madera del suelo, eran hondos y no formaban figura alguna, estaba completamente astillado y me clavé varias de ellas en todo el cuerpo, especialmente en las manos. Recordé instantáneamente los golpes feroces y el sonido metálico que me había hecho desmayar en el salón. Me levanté con un dolor inmenso en las manos y las rodillas. Comencé a llorar porque al alzar la vista todas las muñecas me miraban, las del techo y las paredes. Pero no reían. Su nueva expresión era maléfica. Arraigada a un odio atroz. Mi cuerpo no soportaba el miedo. Tampoco podía tomar aire. Mientras, las paredes empezaron a sangrar y las muñecas teñían su ropa de rojo fuego. Todas extendieron los brazos hacia mí. Aún permanecía en el centro de la habitación. Sus expresiones eran todas distintas y cada una parecía tener vida propia. De repente cientos de voces hablando a la vez inundaron la habitación – “¡Sálvame!”, “Libéranos de esta angustia”, “Nuestra alma está presa, ayudaaa”. Las muñecas comenzaron a cercarme. Miré al interior de mis ojos y al abrirlos mirando de nuevo al frente todo estaba como yo lo conocía. Las muñecas estaban colocadas en las respectivas repisas de los muebles, todas sentadas y mirando al frente, quietas, llenas de polvo.

¡Mi abuela! Había perdido completamente la noción de su existencia. Salí corriendo de la habitación hasta llegar a su cuarto en la planta de arriba. Me temía lo peor, la sangre, el hacha. Seguro que fue ella. Seguro que en su enajenación había tomado el arma blanca y me había querido matar, o aún peor que ella misma se hubiera hecho daño. Al llegar a la habitación…

Desde que mi madre no estaba con nosotros, mi abuela se convirtió en una persona en estado de inconsciencia aunque completamente independiente, pero en su estado acumulaba gran cantidad de suciedad y mugre, la peste bajaba por las paredes. Ella vivía arriba y apenas la veía. Me rechazaba, no quería nada de mí. Se sentaba en una silla con la mirada perdida y con su muñeca en los brazos, a la que peinaba, besaba y envolvía como si fuera su niña. Cada vez que yo intentaba subir para ver como estaba, la veía tambaleándose en la mecedora de madera roñosa y crujiente, cantándole nanas a su muñeca, se quedaba mirándome fijamente hasta que se me ponían los vellos de punta y tenía que retroceder desde la mitad de la escalera. Tenía la certeza de que me odiaba. ¿Por qué? Siempre le obedecía. El último contacto que tuve con ella fue cuando me ordenó que soldara el cerrojo de la puerta. Me ayudó y tuvo especial interés por que las muñecas quedaran encerradas. Siempre estuve a su lado. Pero sólo me quiso para eso. Siempre me trató como si yo no hubiera existido…

Las muñecas de la abuela. Parte II.


Minicuento de terror. Se concluirá en cinco entregas, publicándose una, diariamente, para coincidir con la noche de halloween.

Cuento participante en “Idus de Marzo” de la biblioteca municipal de Dos Hermanas.

Avancé por el pasillo oscuro. ¿La hora?, era madrugada seguro. Pero no podía saber el tiempo exacto porque el reloj estaba parado desde que recuperé la consciencia, la manilla grande en el nueve y la corta marcaba al doce. Empezaba a escuchar respiraciones y risas, pensaba que todo era provocado por mi estado de shock. Mi objetivo era alcanzar la puerta que quedaba al final del pasillo a unos veinte metros de distancia, afuera sólo se veía el vaho del cristal y el viento rasgando la cortinilla que le hacía dar golpes continuos con la puerta. Aún tenía que pasar cinco puertas a lo largo del pasillo cuatro a la izquierda y una a la derecha, la más grande, la habitación de las muñecas, de dónde identificaba pasos sólidos y sonidos rancios. Me daba miedo, un miedo atroz, aquella habitación era aún terrorífica para mí. Hacía doce años que estaba cerrada a cal y canto. Yo mismo lo hice.

Sonó el teléfono rompiendo el hilo de mi soledad silenciosa. Me dio una punzada fría que me recorrió toda la espina dorsal y quedé paralizado, aún a veinte metros de la puerta. El teléfono se encontraba en la habitación de enfrente a la puerta sellada. Pero quién podía llamarme, hacía años que nadie me llamaba al teléfono, lo conservaba para un caso de urgencia, pero ahora pensaba más en salir de allí que tomar el auricular y escuchar alguna voz. Todo estaba oscuro, distinguía la zona y los objetos por memoria, mis ojos parecían que no se acostumbraban a la falta de luz. No veía a dos metros de mí, los rincones y las sombras se alargaban demasiado y parecían figuras extrañas que sugerían más miedo en mi interior. Estoy viendo una muñeca al final del pasillo, es eso o es una niña vestida con un traje blanco de encaje bordado, tiene el pelo largo, estoy paralizado, me tiembla todo, cierro los ojos. Mi madre decía que si veía algo extraño cerrara los ojos y contara cinco, después… se esfumaría. Cuento entonces cinco, mientras cuento siento cómo se acerca, siento una presencia que me enclaustra el alma, que me estremece, y viene hacia mí, mis pies quedan fríos, estoy descalzo y mi aliento se vuelve lento y muy pausado, potenciando mis sentidos. Cinco…abro los ojos, no la veía, el pasillo estaba solo. Me calmé. Mi madre tenía razón, sólo eran miedos de la infancia, miedos que la mente sugiere como respuesta a nuestros temores. El teléfono paró y atiné a dar dos pasos, colocándome en el perfil de los bastidores de la primera puerta, no quería mirar ni siquiera de reojo, era la cocina de la casa, así que pasé rápidamente, sentía el peligro detrás de mí al dar el siguiente paso, con el miedo en mi nuca de que algo pudiera desde atrás atajarme. Sonó más fuerte el teléfono, ¡RING RING!… me consumía el miedo, mi respiración era más que acelerada, exagerada, y mi piel estaba completamente erizada, no podía andar, tenía pavor al hecho de pasar por las otras puertas, ya pasar la primera fue un mal trago, estaba a cinco metros de la tercera puerta de la pared de mi izquierda, tenía que coger el teléfono debía ser importante, sonar en aquel momento justo me intrigó. Debía pasar la segunda puerta a mi izquierda y luego al llegar a la tercera, dar la espalda a la puerta de las muñecas y penetrar en la oscuridad en la salita de estar. Me hice con fuerzas, pasé la sala de curas, sí aquella casa tenía sala de curas. Antiguamente existían de forma muy común, siendo los lugares dónde se realizaban “oficios milagrosos” y situaciones usuales sanitarias, consultas con el doctor, partos, etc. Contaba con una cama vieja vestida de blanco y una taquilla de metal oxidado sin puertas. No quise mirar…

Las muñecas de la abuela. Parte I.


Minicuento de terror. Se concluirá en cinco entregas, publicándose una, diariamente, para coincidir con la noche de halloween.

Cuento participante en “Idus de Marzo” de la biblioteca municipal de Dos Hermanas.

La sangre iba creando un camino dubitativo, el control de la habitación estaba desorientado, me preguntaba quién podía haber dejado esa marca sobre el tapiz marrón y sucio.

Dando pasos por aquella rugiente madera, de la que silenciosamente asomaban alimañas y desvencijados clavos mohosos, deduje que las eses sangrientas fueron causadas por el arrastrar de un arma de peso extremadamente descompensado como podría ser un hacha, puesto que levantaban pequeñas astillas del roble. Aunque no creía en espíritus, la manifestación súbita de algún ente delante de mis ojos era lo que más me aterraba. Sabía lo mismo que cualquier lector en este momento. Sólo eso. Me sentía aturdido. Después de recuperar los sentidos y en buena parte el conocimiento, reconocí mi propio hogar, y agarrándome fuertemente el pecho, pellizcando mi camisa jironada totalmente rota, me arrinconé en la parte más segura de la habitación, un pequeño hueco que había entre el reloj de pie y el sillón de patas delgadas, pero que tenía un respaldar ancho y tosco para ocultarme. Tuve miedo durante mucho tiempo, mientras examinaba mi cuerpo notaba aún más la desesperación en mis venas, que se inflamaban por momentos, como si el corazón naciera a centímetros de cada una de ellas. De repente escuché un golpe seco y profundo, tan fuerte que parecía venir de mi interior, pero era un sonido metálico, algo que hubiera hecho añicos cualquier otro material con el que hubiera golpeado. Me desmayé.

Algo me despertó, un aliento frío e impoluto rozó mi cuerpo entero desde el primer al último vello, me erguí rápidamente y no por voluntad propia. El corazón no me palpitaba sino que me daba unos golpes aún más fuertes que el de aquel metal aplastante. Me creía muerto en segundos, a pesar de que no veía a nadie en la sala. En las paredes, de papel mate estampado con flores, y motivos verticales de color marrón con un liso verde oscuro, sólo había dos cuadros con fotos sepias de mi abuela en la escuela, sola, sentada en su pupitre con los pies colgando y muy seria, y otro que nunca me trajo buen agüero con mis bisabuelos y todos sus hijos. Uno de ellos posaba muerto. Dícese que antes cuando algún hijo moría todos debían acompañarle en un retrato para estar siempre con él. Era tétrico y malintencionado. Imagínense un muerto a su lado ahora mismo, tranquilo y con los ojos abiertos, mirando a la cámara. Demencial.

Yo hacía tiempo que vivía solo en aquella casa, contaba con la compañía de mi abuela pero como si nada porque su estado era senil, y aquello hacia batirme con la soledad. No tenía otra familia, en cuanto a mis ascendientes, todos habían muerto o no sabía nada de ellos, tampoco tenía ni el cariño ni el calor de una madre desde hacía muchísimo tiempo, esto me aterraba. Mis descendientes, en definitiva, nunca los tuve. A mis treinta y tres años nunca había contemplado el hecho de casarme ni crear una familia, me había dolido tanto perderlo todo en mi árbol de vida, que no quería prolongar las raíces ni hacer pasar por ese sufrimiento a las personas que más quisiera en esta vida. Así llevaba veinte años, encerrado en aquella casa vieja, a las afueras de la ciudad, en una pequeña colina, con mi jardín sin césped, que guardaba con mimo la bicicleta de mi infancia y el columpio de mi niñez, que oxidado aún chillaba al sentir pasar al viento. Me había vuelto sumamente descuidado a razón que no me importaba nada más que nada.

Todo para mí era superfluo y diáfano. El espacio de las habitaciones de la casa era frío. Aún seguía manteniendo la habitación de las muñecas de porcelana, que tanto pude conocer cuando era niño, y que coleccionaba mi madre como herencia de mi abuela, nunca las había contado, pero eran más de doscientas, seguro. Siempre que pasaba por la puerta me daba un escalofrío inquietante y al ver aquella imagen cuando me asomaba a la dichosa habitación, me hacía salir huyendo y entre sollozos abrazar a mi madre, mientras ella me decía – “Son sólo muñecas cariño, no temas”. Y yo las temía cada vez más.

La ventana de luz


Con una venda alrededor de los ojos y con un frío impregnado en los huesos muy profundamente, permanecía quieto y atado de manos, cuyo lazo prendía ambas muñecas marcando una cruz a la altura de la pelvis, mi boca besaba el suelo y su hedor viscoso entraba fertilmente hasta la última papila gustativa del inmenso cielo de mi paladar, lo sentía más grande que nunca, y aquello olía a napalm y sabía a cebo podrido. Dolorido en demasía, como si un ejercito a paso firme hubiera pasado por encima de cada uno de mis huesos haciendo la instrucción o como si una ballena me hubiera usado de colchón o yo a ella de sábana blanca. No atinaba a mover ni un solo dedo y me dormí.

El dolor intenso y denso, volvió a despertarme, no sé cuántas veces ocurrió aquello pero… puedo asegurar que fueron muchas, para volverme a preguntar, una y otra vez,  qué hacía allí… porqué no era libre, y qué era aquello dónde estaba sumergido, tenía un halo de ficción que podía sentir alrededor de mi ser, aunque a veces, muchas de ellas, me ganaba la rutina cuando llegué a acostumbrarme a ella, y sólo hacía pasar las horas mirando el negro boreal de mis ojos empapados por la tela que los cubría, intentaba contar las personas, mejor dicho las difusas siluetas blancas que iban dibujándose mientras mi imaginación y mi mente se preguntaban que era lo siguiente que iba a aparecer.

Los sonidos llegaban sordos y nunca los eché de menos puesto que desde el momento que tuve conciencia de mi estado deploroso, no oí ninguno. Sólo, tenía conocimiento de que alguien más había en aquel lugar, puesto que en intervalos regulares alguien me abría la boca y me hacía engullir comida y agua. Esto me mantenía vivo. Pero no escuchaba nada. No sabía que era, aquella cosa no debía caminar sino levitar y carecía de respiración, no existían puertas deducí puesto que ni el más mínimo contacto con las visagras se hacia notar. También pensé que me había quedado sordo, era una posibilidad, o temporalmente al menos a causa de un traumatismo u otra actuación que malvadamente me estuvieran ejecutando.

Con el tiempo, realmente no sé cuánto pasó, notaba cierta recuperación en la fuerza de mis músculos y en la rigidez de mis huesos, los tendones aún padecían cierta inflmación y no me permitían con destreza realizar movimientos bruscos o imrpimir poder al músculo. Aún así pude con gestos exagerados de mi cara recolocar la venda unos pocos milimetros hacia abajo, viendo en ese momento un pequeño aistbo de luz que cegó completamente mi ojo derecho como si de un flechazo me atravesaran el globo ocular.

Aún yacía en el suelo. Y mi ojo casi 90º forzados hacia arriba, perpendicular a la visión frontal de cualquier humano, como intentando contar los pelos de mis pestañas. Tanto esfuerzo no valió para nada, la oscuridad había vuelto a aparecer en toda su plenitud.

En una de las sesiones, que “aquello” utilizaba para no dejarme morir de inanición, cometió un error, no pude dilucidar la magnitud del mismo, puesto que no sabía qué era aquello (el material) y tampoco para que podía servirme. Se quedó en mi boca con una argucia que realicé una bola de pasta (de algo que me hacía engullir siempre, sin masticar) que al retirarse, escupí y evitando de algún modo no arrastrarla con mi cuerpo fui ondulandolo a ras de suelo para conseguir colocar mis manos a la altura de mi boca para tomar aquella bola de cebo. Amasándola y ocultándola astutamente entre mis dedos y palma – aquí me sirvieron mis dotes de tahúr y años de hombre de avería – la esfera iba tomando consistencia, olía muy mal. No sabía para qué usarla pero allí la tenía, algo distinto y allí era lo único que tenía, aparte de mi cuerpo inservible, algo que podía salvarme la vida. O al menos eso pensaba durante muchos días hasta que definitivamente desistí, lancé la bola al suelo y caí como un papel que resiste el viento.

No aunaba ni un gramo de esperanza mi alma. Vacío hasta la extenuación de ideas, de ganas, no sabía ni podía continuar, yací para esperar mi muerte, tenía la intención de morder mi lengua y ahogarme con mi propia sangre. Pero aquello ya estaba contemplado por aquel ser, descubrí que tenía inteligencia y había colocado en mi boca una especie de guía que la atravesaba e impedía cerrar mi dentadura totalmente.

Tenía grandes lagunas y periodos de inconsciencia, estaba aturdido. Me imaginaba -no sé si igual que ustedes-  un lugar oscuro completamente, aunque…alguna vez vi luz, húmero y de suelo irregular y rasposo, sin puertas, con una abertura en una de sus paredes de piedra llorosa y averdinada. Con muchas, suficientes alimañas silenciosas, pero las notaba, las sentía. Y a un ser que deducí siempre era el mismo, por su halo y su simetría en las repulsivas acciones que conmigo realizaba.

Yo no tenía ropa o había quedado tan pegada a mi cuerpo que ya eramos la misma cosa, me imaginaba herido y contusionado, un ecce-homo. No quería ceder la forma de la venda, teniendo en cuenta que mi amigo visitante observara mi propósito y acabara no ya con mi vida sino que pudiera ampliar mi sufrimiento.

Continuará…