Las muñecas de la abuela. Parte I.


Minicuento de terror. Se concluirá en cinco entregas, publicándose una, diariamente, para coincidir con la noche de halloween.

Cuento participante en “Idus de Marzo” de la biblioteca municipal de Dos Hermanas.

La sangre iba creando un camino dubitativo, el control de la habitación estaba desorientado, me preguntaba quién podía haber dejado esa marca sobre el tapiz marrón y sucio.

Dando pasos por aquella rugiente madera, de la que silenciosamente asomaban alimañas y desvencijados clavos mohosos, deduje que las eses sangrientas fueron causadas por el arrastrar de un arma de peso extremadamente descompensado como podría ser un hacha, puesto que levantaban pequeñas astillas del roble. Aunque no creía en espíritus, la manifestación súbita de algún ente delante de mis ojos era lo que más me aterraba. Sabía lo mismo que cualquier lector en este momento. Sólo eso. Me sentía aturdido. Después de recuperar los sentidos y en buena parte el conocimiento, reconocí mi propio hogar, y agarrándome fuertemente el pecho, pellizcando mi camisa jironada totalmente rota, me arrinconé en la parte más segura de la habitación, un pequeño hueco que había entre el reloj de pie y el sillón de patas delgadas, pero que tenía un respaldar ancho y tosco para ocultarme. Tuve miedo durante mucho tiempo, mientras examinaba mi cuerpo notaba aún más la desesperación en mis venas, que se inflamaban por momentos, como si el corazón naciera a centímetros de cada una de ellas. De repente escuché un golpe seco y profundo, tan fuerte que parecía venir de mi interior, pero era un sonido metálico, algo que hubiera hecho añicos cualquier otro material con el que hubiera golpeado. Me desmayé.

Algo me despertó, un aliento frío e impoluto rozó mi cuerpo entero desde el primer al último vello, me erguí rápidamente y no por voluntad propia. El corazón no me palpitaba sino que me daba unos golpes aún más fuertes que el de aquel metal aplastante. Me creía muerto en segundos, a pesar de que no veía a nadie en la sala. En las paredes, de papel mate estampado con flores, y motivos verticales de color marrón con un liso verde oscuro, sólo había dos cuadros con fotos sepias de mi abuela en la escuela, sola, sentada en su pupitre con los pies colgando y muy seria, y otro que nunca me trajo buen agüero con mis bisabuelos y todos sus hijos. Uno de ellos posaba muerto. Dícese que antes cuando algún hijo moría todos debían acompañarle en un retrato para estar siempre con él. Era tétrico y malintencionado. Imagínense un muerto a su lado ahora mismo, tranquilo y con los ojos abiertos, mirando a la cámara. Demencial.

Yo hacía tiempo que vivía solo en aquella casa, contaba con la compañía de mi abuela pero como si nada porque su estado era senil, y aquello hacia batirme con la soledad. No tenía otra familia, en cuanto a mis ascendientes, todos habían muerto o no sabía nada de ellos, tampoco tenía ni el cariño ni el calor de una madre desde hacía muchísimo tiempo, esto me aterraba. Mis descendientes, en definitiva, nunca los tuve. A mis treinta y tres años nunca había contemplado el hecho de casarme ni crear una familia, me había dolido tanto perderlo todo en mi árbol de vida, que no quería prolongar las raíces ni hacer pasar por ese sufrimiento a las personas que más quisiera en esta vida. Así llevaba veinte años, encerrado en aquella casa vieja, a las afueras de la ciudad, en una pequeña colina, con mi jardín sin césped, que guardaba con mimo la bicicleta de mi infancia y el columpio de mi niñez, que oxidado aún chillaba al sentir pasar al viento. Me había vuelto sumamente descuidado a razón que no me importaba nada más que nada.

Todo para mí era superfluo y diáfano. El espacio de las habitaciones de la casa era frío. Aún seguía manteniendo la habitación de las muñecas de porcelana, que tanto pude conocer cuando era niño, y que coleccionaba mi madre como herencia de mi abuela, nunca las había contado, pero eran más de doscientas, seguro. Siempre que pasaba por la puerta me daba un escalofrío inquietante y al ver aquella imagen cuando me asomaba a la dichosa habitación, me hacía salir huyendo y entre sollozos abrazar a mi madre, mientras ella me decía – “Son sólo muñecas cariño, no temas”. Y yo las temía cada vez más.

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