The Walking Dead


Iban caminando al tiempo que arrastraban los pies. Su espalda caía lacia pasando por los hombros y terminando en la punta de sus dedos, resbalaban sus babas goteando en la comisura de sus uñas totalmente rotas y descuidadas. El color de sus caras era pálido, blanquecino. Sus ojos abiertos no tenían posición en la mirada, diría que era como perdida en un derrame interno, en una hemorragia viva.

Pasaban por mi lado rozándome, me ponían el vello de punta, yo los miraba asustado y contrariado. Y me decía, – ayer, ese chico estaba caminando normal, y esa chica, y hoy… Acongojado seguía mirando el mundo de mi en derredor. Me pausé e intenté respirar. No tenía armas con qué defenderme, mi cabeza parecía asumida por un sortilegio y mi cuerpo en esos momentos no poseía valor alguno, mentira, para ellos sí, todo carne al igual que mi cerebro.

Caminé en cuclillas como pude durante mucho tiempo para no ser descubierto. A veces me divisaban, pero estos seguían su camino como si en sus miradas yo nunca hubiera morado. Llegué a cierto punto que me sentía ignorado, vivía a mis anchas, solo, sin preocupaciones, en mi escondrijo, me había llevado años construyéndolo, luchando por él, defendiéndolo de todo y todos. Pero cuando ya lo tenía y después del tiempo pasado, perdía todo su valor.

Decidí acercarme a ellos. La especie de moda, la mayoritaria, la ajena. Mientras derrochaban sus pasos inertes hacia ningún lugar, yo les perseguía, intentaba llamar su atención, lo que me hacía corroborar una y otra vez que realmente estaban muertos, que no disponían de fuerzas conscientes para sus movimientos torpes y surcadores. Pero nunca podía alcanzarlos, me sentía impotente, asaltado por el desdén dichoso de un maldito.

Decidí acabar con mi vida, me acerqué con todas mis fuerzas a aquel caminante que echaba tanto de menos. Le asalté, y él a mí de forma recíproca. Y con los ojos cerrados esperando ser devorado, le dije – “amigo, hoy me dejo en tus brazos para que el destino se apiade de mí”. Cuando me pensé muerto, mi gran amigo habló – “gracias. Gracias por encontrarme. Y darme este abrazo sin prejuicios ni temor a perder la vida.” Yo, con lágrimas en los ojos -“¿pero puedes hablar?”. Contestó, “Sí y ¡tú también, qué alegría!”.

Me dijo que llevaba años intentando alcanzarme. Él, estaba refugiado en su fuerte, me veía todos los días pero no podía acercarse. Me dijo también, que me veía completamente perdido, caminando fuera de mí, adormecido, blanco, con sangre en los ojos. Que quería ir a ayudarme pero no podía, a lo que yo le expliqué lo que hoy os he contado a ustedes.

PD: Sé que hay periodos en los que nuestra mente nos ausenta del resto. Pero no os permitáis ser un zombie para vuestros seres queridos. Deseo realmente que lo consigáis.

Muchas gracias.

Anuncios